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Conoce a Benjamín Romeo presente en “Cancún Wine & Food Festival” vía “Planeta Hedonista”

Benjamín Romeo trasmite la sabiduría de la tierra riojana en los vinos de bodega Contador.

Benjamín Romeo estudió enología en la Escuela de la Vid de Madrid, y de regreso a su rioja natal, fue contratado por una bodega en Laguardia, que estaría llamada a ser una de las grandes de Rioja: Artadi. Benjamín, orgulloso de pertenecer a una larga estirpe de viticultores, forjó su carácter de gran elaborador en esta bodega, que le deparó grandes satisfacciones, como cuando cató su primer vino de cosechero (1986), un vino rompedor en su tiempo, más fresco y concentrado: “ese día sentí lo que era ser un creador”.

Tras 15 años en Artadi (1985-2000), comenzó su proyecto más personal, que ha desarrollado en tres etapas: primero compró una cueva bajo el campanario de San Vicente de la Sonsierra, y adquirió dos pequeñas viñas viejas con las que realizaba micro-vinificaciones; cuando fue consciente de que su vino tenía una personalidad propia, se instaló por su cuenta, continuando con la adquisición de pequeñas parcelas de viñas viejas plantadas en vaso, sus preferidas por la complejidad que aportan al vino; y por último construyó una moderna bodega integrada en el paisaje (2008), pensada para elaborar los vinos que a él le gustan. Su bodega Contador, en San Vicente de la Sonsierra, recibe el  nombre del responsable de contar los pellejos de vino que se elaboraban en el pueblo, y que se guardaban en una cueva para evitar su deterioro.

             

Benjamín Romeo afirma con rotundidad: “un gran vino nace en la viña, no en la bodega”. Por ello, tiene un pleno respeto a la tierra y su entorno, y apuesta por el cultivo orgánico de la viña, que adquiere pleno sentido con los ciclos de la luna, podando las viñas en cuarto creciente si necesita verticalidad en los sarmientos, o trasegando siempre en la primera luna menguante del año. Y es un incondicional de la gran uva tinta de la región: “estoy enamorado de la Tempranillo, que tal vez no dure tanto como la Cabernet Sauvignon, pero es más elegante y fina”.

Su vocación inicial de hacer solo grandes vinos ha evolucionado: primero fue Contador, y Cueva del Contador, su segundo vino, al que se unió un tercero de una sola viña, ubicada al otro lado del Ebro: La Viña de Andrés Romeo. Este vino  rinde homenaje a su padre, que le enseño a amar la tierra, y que plantó junto con él hace tres décadas. Es un vino más goloso, de gran frutosidad y de estilo muy borgoñón. Y de la necesidad continuamente de plantearse nuevos retos, nace su blanco, Contador de Gallocanta, elaborado con viñas viejas de Garnacha Blanca, Malvasía y Viura, con 8 meses de crianza en barrica, que ahora se llama “Que bonito cacareaba”.

Su última creación es Predicador, un vino más accesible y económico, pero sin perder el estilo del elaborador, cuyo nombre y sombrero negro está inspirado en una película de Clint Eastwood. Pero el principal personaje de su película es el vino, por ello toda su bodega está pensada para tratar a la uva gentilmente, comenzando por una selección de los racimos plenamente maduros, y cuyos granos enteros pasan a cubas de madera, y luego prensa con suavidad; por gravedad desciende el vino a una sala subterránea, donde realiza la crianza en barricas de roble francés Allier, su preferido. Aunque para él es muy importante que la madera se mantenga en un segundo plano en el vino.

En la entrada de su nueva bodega hay una gran reproducción del cuadro “los borrachos” de Velázquez, que contrasta con la modernidad de la bodega, y que supone toda una declaración de principios: “reivindico el punto festivo y alegre del vino”. Cuando su Contador recibió por primera vez 100 puntos Parker, Benjamín pensó: “yo no creo en los vinos prefectos, pero te quedas en una nube, pues es el reconocimiento más importante en el mundo de los vinos”.

Benjamín Romeo es uno de elaboradores más originales del panorama español, con sólidas raíces en su tierra y un profundo amor a la viña, que le ha convertido en un elaborador muy tradicional, sin por ello perder un ápice de creatividad.

Vía Jesús Bernad / Planeta Hedonista

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